Hoy, mientras leía el capítulo, sentí algo muy especial… como si Dios mismo me estuviera hablando entre líneas. La conversación entre José Carlos y el padre me tocó profundo, porque él se estaba culpando por cosas que le pasaron sin querer: accidentes, situaciones duras, momentos que no buscó lastimar a nadie, pero igual le dolían en el alma.
Y el padre lo vio así mismo como yo lo vi: no era un mal chico, solo estaba cargando culpas que no le correspondían.
El padre le explicó algo que me quedó grabado:
todos somos personas virtuosas, porque Dios es amor, pero a veces actuamos desde intenciones equivocadas, desde el dolor, desde la inmadurez, desde lo que no entendíamos en ese momento.
Y ahí vino la frase que me perforó el corazón:
“Dios nos dio las virtudes, pero nosotros debemos activarlas correctamente con buenas intenciones… y a veces necesitamos cierto grado de dolor para eso.”
Cuando leí eso entendí algo de mi propia vida.
Yo también he cargado con cosas del pasado, cosas que viví de pequeña, cosas que me hicieron sentir confundida o triste. Y a veces cuesta aceptar que muchas de esas situaciones no fueron culpa mía. Simplemente pasó lo que pasó, como le pasó a José Carlos.
Pero lo más bonito —y lo que sentí que Dios me estaba diciendo— es que ese dolor no me destruyó, sino que me formó. Me hizo más consciente, más compasiva, más fuerte espiritualmente.
Y entendí también que Dios usa a ciertas personas como instrumentos, como puentes.
Hay quienes venimos a romper cadenas familiares, a iluminar heridas que nadie quería mirar, a sanar historias que estaban guardadas. Eso no nos hace malos; al contrario, nos hace valientes.
Así como el padre en el libro le mostró a José Carlos que su valor no estaba en lo que vivió, sino en lo que podía convertirse, yo también entendí que Dios me estaba recordando lo mismo.
Somos virtuosos.
Somos capaces.
Somos escogidos.
Solo tenemos que activar esas virtudes con buenas intenciones, incluso cuando vienen después de un camino difícil.
Al final, cada adversidad nos pule.
Y cuando Dios ve que nuestro corazón es sincero, nos convierte en un puente para que otros también encuentren su camino y su propia libertad.